ayer me chotearon por última vez. Debe ser la vigésimo cuarta choteada de mi vida.
No fue –ojo– una choteada muy aparatosa que digamos. No pasé ninguna vergüenza pública,
ni hice el ridículo en algún local, ni me arrojaron los boletos del cine, en cuadraditos,
contra la cara pelada.
Esta fue, más bien, una choteada sutil, lenta,
pausada, y ahora que lo pienso bien, tal vez por
eso es mucho más dolorosa todavía. Me explico: cuando
una chica se niega a salir contigo al primer intento,
es más sencillo encontrarle consuelo a ese revés. Rápidamente
te haces a la idea de que esa mujer no es para ti y entiendes
sin paltas que ha llegado, otra vez, el momento cumbre de virar
hacia otras coordenadas el cansado periscopio de ese rojo submarino
que es tu corazón. Que nadie te diga que no lo intentaste.

En cambio, cuando la negativa se demora y llega por capítulos; cuando
detrás de la indecisión hay un cargado tufo de suspenso; cuando un viernes
te dicen SÍ, el sábado te gritan NO y el domingo te susurran NO SÉ, entonces
la choteada va tomando la terca dimensión de una maquiavélica tortura.
Y fue así como me ocurrió en esta ocasión. Ella aceptó encantada mi invitación
a la fiesta de un amigo de la uni, uno dos dias antes canceló con dulzura, a dia siguiente me mensajeó al celular para decirme que si acepataba ir (aún tengo guardado ese msn de 12 caracteres) y,
por último, ayer martes, sorpresivamente, dio por concluida mi invitacion

Gracias. En serio, gracias, pero paso”.
Hoy –después de la resaca del impacto– se me ocurrió llamarla, pues
pensé que en su frase había algo inconcluso. Dijo "paso", claro, pero
a dónde. ¿Era una señal? ¿Un acertijo? ¿Qué ‘paso’ era ese que yo no estaba
comprendiendo bien? ¿'Paso' era un verbo o un sustantivo? ¿Qué quería decirme
entre líneas? Sin duda, se trataba de un tonto malentendido. Mis amigos me dijeron
que estaba loco, que si la llamaba sería el indiscutible campeón de los babosos.